Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas
sábado, 26 de diciembre de 2015
HA LLEGADO EL SALVADOR DE TODOS LOS PUEBLOS... VAMOS A ADORARLE!!!
¡Si pudiéramos imaginar realmente cómo era la situación de la humanidad antes de la venida de Cristo! ¡Si pudiéramos penetrar realmente lo que sentía la gente que esperaba al Mesías prometido! Es tan fácil -ahora que ya Cristo vino- tomar su venida como un derecho adquirido, y hasta darnos el lujo de rechazar o de no importarnos lo que Dios ha hecho para con nosotros: todo un Dios se rebaja desde su condición divina para hacerse uno como nosotros. ¿Nos damos cuenta realmente de este misterio que, además de misterio, es el regalo más grande que se nos haya podido dar?
¿Cómo podemos acostumbrarnos a esta idea tan excepcional? ¿Cómo podemos no conmovernos cada Navidad ante este misterio insólito? ¿Cómo podemos no agradecer a Dios cada 25 de diciembre por este grandísimo regalo que nos ha dado?
Los Profetas del Antiguo Testamento, especialmente Isaías (Is. 9, 1-3 y 5-6) nos hablan de que la humanidad se encontraba perdida y en la oscuridad, subyugada y oprimida, hasta que vino al mundo “un Niño”. Entonces “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz ... se rompió el yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano”.
Podemos imaginar, entonces, la alegría inmensa ante el anuncio del Ángel a los Pastores cercanos a la cueva de Belén: “Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 1-14).
¿Hemos pensado cómo estaríamos si ese “Niño” no hubiera nacido? Estaríamos aún bajo “el cetro del tirano”, el “príncipe de este mundo”. Pero con la venida de Cristo, con el nacimiento de ese Niño hace dos mil años, se ha pagado nuestro rescate y estamos libres del secuestro del Demonio.
Con su nacimiento, vida, pasión, muerte y resurrección, Cristo vino a establecer su reinado, “a establecerlo y consolidarlo”, desde el momento de su nacimiento “y para siempre”. Y su Reino no tendrá fin.
Y ese Dios que se rebaja hasta nuestra condición humana, levanta nuestra condición humana hasta su dignidad. En efecto, nos dice San Juan al comienzo de su Evangelio (Jn. 1, 1-18) que Dios concedió “a todos los que le reciben, a todos los que creen en su Nombre, llegar a ser hijos de Dios”.
Esto que se repite muy fácilmente, pues de tanto oírlo sin ponerle la atención que merece, se nos ha convertido en un “derecho adquirido”. Pero es un inmensísimo privilegio. ¡Hijos de Dios! ¡Lo mismo que Jesucristo! ¡El es el que era Hijo de Dios, nosotros no! El se hace Hombre y nos da la categoría de hijos de Dios; nos lleva de nuestro nivel a su nivel.
Jesús era el Hijo de Dios y nosotros creaturas de Dios. ¿Nos damos cuenta que Jesús se hizo Hombre y vino a salvarnos, pero no le bastó eso, sino que nos elevó de nuestra categoría de creaturas de Dios (que ya era bastante!) a la categoría de hijos de Dios, igual que Él? ¡Jesús nos da a Su Padre para que sea nuestro Padre! ¡Vaya privilegio!
Y al ser hijos somos herederos, herederos del Reino de los Cielos. Nuestra herencia, la misma que la de nuestro Salvador. Un mimo tal sólo puede venir del infinito Amor de nuestro Dios.
Por todo esto, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio un gran Luz”. Y esa Luz que es Cristo confiere a nuestra humanidad derechos de eternidad: vivir eternamente con El en la gloria del Cielo.
Por todo esto, el día de Navidad no nos queda más remedio que aclamar, llenos de alegría, junto con los Ángeles: ¡“Gloria a Dios en el Cielo”!
(homilia.org)
viernes, 25 de diciembre de 2015
NAVIDAD.... LO QUE VERDADERAMENTE CELEBRAMOS ES?
¿Qué día concreto del año nació el Señor? Es imposible para nosotros saberlo, no se ha conservado ningún documento extrabiblico que dé una precisión al respecto, y los evangelios -siempre parcos y ajustados a los mínimos datos indispensables para la proclamación de la fe- no dan el gusto a nuestros «deseos biografistas», así que no tenemos ni manera de saber, ni de deducir en qué fecha habrá nacido. Gracias a algunas indicaciones del capítulo 2 de San Lucas, podemos calcular que el nacimiento se produjo entre el año 8 y el 6 aC., es decir, una diferencia de entre 6 y 8 años del cálculo realizado por Donisio el Exiguo en el siglo VI basándose en Lc 3,1 (y que dio lugar a nuestra división en «antes de Cristo» y «después de Cristo»). A pesar de este error en las cuentas, el año «752 ab Urbe condita» (es decir, desde la fundación de Roma) ha quedado como marca simbólica del cambio de era.
La fecha del 25 de diciembre en la que lo celebramos en la actualidad está ya atestiguada en documentos del siglo IV (el Cronógrafo del 354), superponiendo el nacimiento del «Sol de Justicia» (símbolo bíblico proveniente de Malaquías 3,20) a la celebración pagana del solsticio de invierno en Roma, con las fiestas Saturnales, que daban, junto con las celebraciones de dios persa Mitra -muy apreciado en Roma- unos días antes, un color festivo peculiar a toda esta semana. Una costumbre de las Saturnales era que los esclavos, por ese día, se sentaban a la mesa de su dueño y comían como personas libres.
Fue sin duda el conjunto de resonancias simbólicas, esta libertad de los esclavos, junto con el comienzo del nuevo vigor solar, junto con la costumbre ya arraigada del fasto divino en estos días, lo que fue llevando a que los cristianos le dieran su peculiar color a este día, hasta reemplazar por completo el origen pagano. Incluso no debe descartarse que la noche del 24 fuera la más apta para que los cristianos consideraran celebrarar el Nacimiento, ya que esa noche era la única sin dioses paganos, puesto que la fiesta de Mitra habia terninado el 23 y Saturno venía el 25, por lo tanto en clave cristiana podía ser considerada una «noche buena». Naturalmente esto es hipótesis, ya que carecemos de documentos que nos cuenten de primera mano cómo y por qué los cristianos reemplazaron la fiesta romana por su propia fiesta. De hecho, en la iglesia de Oriente esta fecha no cuajó nunca, celebrándose más bien la Epifanía (manifestación), el 6 de enero, que aglutina en una fecha única el acontecimiento de la manifestación de Jesús en carne y de la adoración de los pobres y de los paganos.
Sobre la Kalenda de Navidad, es decir, la proclama con la que comienza el martirologio de hoy ("Pasados innumerables siglos...") puede leerse el texto de Alejandro Olivar, pág 22ss, que comenta la versión anterior a la reforma del Martirologio del 2001, pero cuyos elementos están en el origen de la versión actual.
Lo cierto es que los símbolos tienen una vida enteramente propia, que no coincide con lo que queremos racionalmente hacer con ellos. Puede ser que alguien se esfuerce en que «armar el belén» sea una tradición, o que un otro se esfuerce por «quitar crucifijos del espacio público», pero esos esfuerzos nada pueden, absolutamente nada, contra la vida de unos símbolos que nacen, se desarrollan, se transforman, mutan, se resignifican, y también a veces mueren, sin que podamos controlarlos con nuestro poder.
Para el cristiano el 25 de diciembre es la Navidad, pero es mucho más que la navidad de los regalos, de los encuentros familiares -a veces un poco forzados-, de los villancicos y los belenes; sin dejar de ser también todo eso, como fruto de alegría y gratuidad del Nacimiento por excelencia, es por sobre todo la fiesta del misterio de la Encarnación, de ese prodigio admirable, y casi innombrable de un Dios creador del hombre que se hace su propia creatura, se hace hombre. Tan grande y difícil de formular es este misterio que la misa de Navidad se expande en tres direcciones, y efectivamente ese día hay tres misas que son distintas entre sí: la misa de medianoche (llamada normalmente «Misa de gallo»), la de la aurora, y la del día, que evocan tres aspectos del misterio, que podemos encontrar claramente expuestos en cada unos de los evangelios que se leen en la misa:
-La manifestación gloriosa de Dios en la carne del hombre, escondida a los poderosos y comunicada a los pobres y humildes (Lucas 2,1-14, misa de la noche).
-La humildad de la carne que «muestra y oculta», así que sólo puede verlo y glorirse de ello quien presta atención a lo que «se ha dicho», como los pastores de Belén, que se maravillaban con lo que habían visto y oído (Lucas, 2,15-20, misa de la aurora).
-El misterio eterno de la Encarnación, que elige un momento de la historia, un pueblo particular, unos protagonistas concretos para realizaar un designio y plan escondido desde toda la eternidad (Juan 1,1-18, misa del día).
Todas las lecturas, oraciones y prefacios en la misa, y las antífonas y lecturas en al liturgia de las horas giran a lo largo de este día en torno a estos acentos. Lo que queda claro es que no se trata en ningún caso de la celebración del «cumpleaños de Jesús» en el sentido en que recordamos de cada persona un acontecimiento que se hunde en el pasado; no es la irrupcion de Jesús en aquel momento lejano de la historia humana, sino la irrupción hoy de un Dios que manifiesta toda su plenitud en la realización del plan eterno de ser engendrado en el seno de su propia creatura.
La carta de un amigo es reconfortante, pero lo es mucho más su presencia; un pagaré es útil, pero su pago lo es en mayor grado; las flores son bellas, pero las supera la hermosura de su fruto. Los antiguos padres recibieron las amistosas misivas de Dios, nosotros gozamos de su presencia; ellos tuvieron su promesa, nosotros el cumplimiento; ellos el pagaré, nosotros el pago. Solamente amor nos pide Dios como tributo particular para celebrar este misterio; sólo ese pago pide a cambio de todo lo que ha hecho y de lo que ha sufrido por nosotros. «¡Hijos! -nos llama- ¡Dadme vuestro corazón!» Amarle es nuestra suprema felicidad y la más alta dignidad de la criatura humana. (San Pedro Crisólogo, citado por Butler).
(eltestigofiel.org)
sábado, 19 de diciembre de 2015
"DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO, PORQUE LO QUE TE HA DICHO EL SEÑOR SE CUMPLIRÁ" - Reflexiones de Adviento: (Ciclo C)
Termina el Adviento y ya llega la Navidad. Ya nace el Redentor del mundo en Belén, esa “pequeña entre las aldeas de Judá”. Pero, dice la profecía de Miqueas (Mi. 5, 1-4) “de tí saldrá el jefe de Israel, cuyos orígenes se remontan a los días más antiguos”. La profecía hacía alusión al Mesías, a su origen antiguo (eterno), por lo tanto a su divinidad. Y también a la omnipotencia y grandeza de Dios: “la grandeza del que ha de nacer llenará la tierra y El mismo será la Paz”.
Los israelitas sabían que el Mesías debía nacer en Belén. Prueba de ello es que cuando los Reyes Magos llegan a Jerusalén preguntando por El, los sumos sacerdotes refirieron al Rey Herodes esta profecía de Miqueas (cfr. Mt. 2, 1-6). Suponemos, entonces, que la Virgen y San José conocían esta profecía y que el viaje obligado de José a Belén para el censo, les daría una certeza adicional de que Quien nacería del seno de la Virgen, era verdaderamente el Mesías.
Lo curioso es que pareciera que el César controlara su gran imperio. Pero –si nos fijamos bien- es Dios el que está al mando de la situación. Dios utiliza este decreto sorpresivo del César para que se cumpla el decreto previo de Dios: el Mesías ha de nacer en Belén. Un detalle que nos muestra que Dios es el Señor de la Historia: la de cada uno, la de cada nación, la de cada pueblo. Somos actores, pero Dios dirige…aunque no nos demos cuenta.
La profecía también anunciaba a María, la Madre del Redentor. “Si Yahvé abandona a Israel, será sólo por un tiempo, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz”. María, la que habría de dar a luz, preanunciada desde el comienzo de la Escritura (Gn. 5, 30) como la que aplastaría la cabeza de la serpiente con su descendencia divina, es la Madre del Mesías. Además es la vencedora del Demonio por su fe y su entrega a Dios. María era simple criatura de Dios, adornada -es cierto- de dones inmensos, pero tuvo que tener fe y tuvo que dar su sí. Y con su fe y con su sí se realizó el más grande milagro: Dios se hace Hombre y nos rescata de la esclavitud del Demonio.
“Dichosa tú que has creído que se cumpliría cuanto te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 39-45). Son palabras de Santa Isabel, su prima, cuando María encinta llegó a visitarla. Isabel conocía de sobra la importancia de la fe, pues su marido, Zacarías, no había creído lo que el Ángel le había anunciado a él sobre la concepción milagrosa de su hijo, San Juan Bautista, el Precursor del Mesías. Milagrosa, porque eran una pareja estéril y añeja. Zacarías quedó mudo hasta después del nacimiento de Juan, por no haber creído que lo anunciado se cumpliría. (cfr. Lc. 1, 5-25 y 57-80).
La fe es muy importante en nuestro camino hacia Dios. ¿Qué hubiera pasado si María no hubiera creído, si hubiera sido racionalista, incrédula, desconfiada, escéptica? De allí que la primera cualidad en imitar de la Virgen es su fe en Dios, en que todo es posible para Dios, aún lo más increíble, tan increíble como lo que a Ella sucedió, que sin conocer varón, el Espíritu Santo la haría concebir a Dios mismo en su seno, en forma de bebé. Increíble, pero “para Dios nada es imposible” (Lc. 1, 37).
Lo segundo en María es su entrega a la Voluntad de Dios. Después de conocer lo que Dios haría, la Virgen se entrega en forma absoluta a los planes de Dios: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).
Estas palabras con las que la Virgen hace su entrega a Dios recuerdan las del Salmo 40, 8, que Ella seguramente conocía: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. San Pablo también las retoma cuando habla del sacrificio de Cristo y pone a Cristo a decir: “No te agradan los holocaustos ni los sacrificios ... entonces dije -porque a Mí se refiere la Escritura: ‘Aquí estoy, Dios mío; vengo a hacer tu voluntad” (Hb. 10, 5-10).
Fe y entrega a la Voluntad de Dios, tanto en la Madre como en el Hijo, son condiciones indispensables para seguirlos, para que se cumpla en nosotros lo que Dios nos ha prometido y lo que nos trae en Navidad: nada menos que nuestra salvación!
(homilia.org)
sábado, 12 de diciembre de 2015
"YO OS BAUTIZO CON AGUA; PERO VIENE EL QUE PUEDE MÁS QUE YO, Y NO MEREZCO DESATARLE LA CORREA DE SUS SANDALIAS. ÉL OS BAUTIZARA CON ESPÍRITU SANTO Y FUEGO" - Reflexiones de Adviento: (Ciclo C)
Ya más entrado el Adviento, las lecturas nos hablan de alegría, pues ya está más cerca la venida del Señor.
La Primera Lectura (So. 3, 14-18). “Alégrate, hija de Sión, da gritos de júbilo... No temas ... el Señor tu Dios está en medio de tí. El se goza y se complace en ti”. ¿Por qué hemos de estar alegres? Porque “el Señor ha levantado la sentencia contra ti, ha expulsado a todos tus enemigos”. Es la salvación realizada por Cristo lo que se nos anuncia aquí. Tanto es así que el Arcángel Gabriel hace eco de estas palabras cuando anuncia a la Santísima Virgen María la Encarnación del Hijo de Dios en su seno: “Alégrate, el Señor está contigo ... No temas María, porque has encontrado el favor de Dios ... concebirás y dará a luz a un Hijo” (Lc. 1, 28 y 30).
Desde que Jesús vino al mundo como Dios verdadero y como Hombre también verdadero, podemos decir con San Pablo en la Primera Lectura (Flp. 4, 4-7): “el Señor está cerca”, porque cada día que pasa nos acerca más a la venida del Señor. «Sí, vengo pronto», nos dice el final del Apocalipsis (Ap 22, 20)
¿Cuándo será ese momento? Nadie, absolutamente nadie, lo sabe con certeza. Eso nos lo ha dicho Jesús. Pero también nos ha hado algunos signos que El mismo nos invita a observar. (Mt 24, 4-51; Lc 21, 5-36).
1.) Muchos tratarán de hacerse pasar por Cristo.
2.) Sucederán guerras y revoluciones que no son aun el final.
3.) Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro.
4.) Terremotos, epidemias y hambres.
5.) Señales prodigiosas y terribles en el cielo.
6.) Persecuciones y traiciones para los cristianos.
7.) El Evangelio habrá sido predicado en todo el mundo.
8.) La mayor parte de la humanidad estará imbuida en las cosas del mundo y habrá perdido la fe.
9.) Después se manifestará el anti-Cristo, que con el poder de Satanás realizará prodigios con los que pretenderá engañar a toda la humanidad.
¿Cómo volverá Jesucristo? Primeramente aparecerá en el cielo su señal -la cruz-; vendrá acompañado de Ángeles y aparecerá con gran poder y gloria. (Mt. 24, 30-31)
Entonces... ¿qué hacer? También nos lo dice el mismo Jesús: «Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre.» (Lc 21, 36)
San Pablo también nos responde con la misma consigna: “No se inquieten por nada; más bien presenten sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”. La oración es, sin duda, un ingrediente importantísimo de entre las cosas que hemos de hacer para prepararnos a la venida del Señor.
Pero ¿qué más hacer? Con la oración como punto de partida, la Misa dominical que no debe faltar, arrepentimiento y Confesión sacramental de nuestros pecados y la Comunión lo más frecuente posible, debemos realizar el ideal del cristiano que conocemos.
Sin embargo, el Evangelio nos presenta a un personaje muy central de esta temporada de Adviento, preparatoria a la Navidad. Se trata de San Juan Bautista, el precursor del Mesías. El era primo de Jesús, recibió el Espíritu Santo aun estando en el vientre de su madre, cuando la Santísima Virgen la visitó enseguida de la Encarnación del Hijo de Dios.
Llegado el momento, San Juan Bautista comenzó su predicación para preparar el camino del Señor; es decir, para ir preparando a la gente a la aparición pública de Jesús.
Y al Bautista le preguntaban “¿qué debemos hacer?” (Lc. 3, 10-18). Y él les daba ya un programa de vida que parecía un preludio del mandamiento del amor que Jesús nos traería. “Quien tenga dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.
A los publicanos, funcionarios públicos les decía: “No cobren más de lo establecido, sino conténtense con su salario”. A los soldados:“No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente”.
Ahora bien, siguiendo la tónica del Adviento, este tiempo preparatorio a la Navidad, las lecturas nos llevan de la primera a la segunda venida del Salvador. El mismo Precursor del Señor nos habla no sólo de la aparición pública del Mesías allá en Palestina hace poco menos de dos mil años, sino que también nos habla de su segunda venida: “El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.
Clarísima alusión al fin del mundo, cuando Cristo separará a los buenos de los malos: unos irán al Cielo y otros al Infierno, al fuego que no se extingue.
En la segunda venida de Cristo, seremos resucitados: los buenos a una resurrección de gloria y los malos a una resurrección de condenación para toda la eternidad. Felicidad o infelicidad eternas.
Pensando en la primera venida de Cristo, cuando nació en la humildad de nuestro cuerpo mortal, recordemos también nuestra futura resurrección al final de los tiempos, de manera que ésta y todas las Navidades nos sirvan para aprovechar las gracias divinas que se derraman en recordatorio del nacimiento de Jesús en la tierra, para que esas gracias se traduzcan en gracias de gloria para su segunda venida, cuando nuestro cuerpo mortal será transformado en cuerpo glorioso en la resurrección del día final.
Es así como la Navidad o primera venida del Mesías continúa siendo un recordatorio y un anuncio de su segunda venida. Que la venida del Señor esta Navidad no sea inútil, de manera que la celebración de su primera venida nos ayude a prepararnos a su venida final en gloria, para ser contados como trigo y no como paja.
Oración y vigilancia es lo que nos pide el Señor: orar y actuar como si hoy -y todos los días- fueran el último día de nuestra vida terrena.
Lo importante no es saber el cómo. Lo importante no es saber el cuándo. Lo importante es estar siempre preparados. Lo importante es vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra.
(homilia.org)
La Primera Lectura (So. 3, 14-18). “Alégrate, hija de Sión, da gritos de júbilo... No temas ... el Señor tu Dios está en medio de tí. El se goza y se complace en ti”. ¿Por qué hemos de estar alegres? Porque “el Señor ha levantado la sentencia contra ti, ha expulsado a todos tus enemigos”. Es la salvación realizada por Cristo lo que se nos anuncia aquí. Tanto es así que el Arcángel Gabriel hace eco de estas palabras cuando anuncia a la Santísima Virgen María la Encarnación del Hijo de Dios en su seno: “Alégrate, el Señor está contigo ... No temas María, porque has encontrado el favor de Dios ... concebirás y dará a luz a un Hijo” (Lc. 1, 28 y 30).
Desde que Jesús vino al mundo como Dios verdadero y como Hombre también verdadero, podemos decir con San Pablo en la Primera Lectura (Flp. 4, 4-7): “el Señor está cerca”, porque cada día que pasa nos acerca más a la venida del Señor. «Sí, vengo pronto», nos dice el final del Apocalipsis (Ap 22, 20)
¿Cuándo será ese momento? Nadie, absolutamente nadie, lo sabe con certeza. Eso nos lo ha dicho Jesús. Pero también nos ha hado algunos signos que El mismo nos invita a observar. (Mt 24, 4-51; Lc 21, 5-36).
1.) Muchos tratarán de hacerse pasar por Cristo.
2.) Sucederán guerras y revoluciones que no son aun el final.
3.) Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro.
4.) Terremotos, epidemias y hambres.
5.) Señales prodigiosas y terribles en el cielo.
6.) Persecuciones y traiciones para los cristianos.
7.) El Evangelio habrá sido predicado en todo el mundo.
8.) La mayor parte de la humanidad estará imbuida en las cosas del mundo y habrá perdido la fe.
9.) Después se manifestará el anti-Cristo, que con el poder de Satanás realizará prodigios con los que pretenderá engañar a toda la humanidad.
¿Cómo volverá Jesucristo? Primeramente aparecerá en el cielo su señal -la cruz-; vendrá acompañado de Ángeles y aparecerá con gran poder y gloria. (Mt. 24, 30-31)
Entonces... ¿qué hacer? También nos lo dice el mismo Jesús: «Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre.» (Lc 21, 36)
San Pablo también nos responde con la misma consigna: “No se inquieten por nada; más bien presenten sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”. La oración es, sin duda, un ingrediente importantísimo de entre las cosas que hemos de hacer para prepararnos a la venida del Señor.
Pero ¿qué más hacer? Con la oración como punto de partida, la Misa dominical que no debe faltar, arrepentimiento y Confesión sacramental de nuestros pecados y la Comunión lo más frecuente posible, debemos realizar el ideal del cristiano que conocemos.
Sin embargo, el Evangelio nos presenta a un personaje muy central de esta temporada de Adviento, preparatoria a la Navidad. Se trata de San Juan Bautista, el precursor del Mesías. El era primo de Jesús, recibió el Espíritu Santo aun estando en el vientre de su madre, cuando la Santísima Virgen la visitó enseguida de la Encarnación del Hijo de Dios.
Llegado el momento, San Juan Bautista comenzó su predicación para preparar el camino del Señor; es decir, para ir preparando a la gente a la aparición pública de Jesús.
Y al Bautista le preguntaban “¿qué debemos hacer?” (Lc. 3, 10-18). Y él les daba ya un programa de vida que parecía un preludio del mandamiento del amor que Jesús nos traería. “Quien tenga dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.
A los publicanos, funcionarios públicos les decía: “No cobren más de lo establecido, sino conténtense con su salario”. A los soldados:“No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente”.
Ahora bien, siguiendo la tónica del Adviento, este tiempo preparatorio a la Navidad, las lecturas nos llevan de la primera a la segunda venida del Salvador. El mismo Precursor del Señor nos habla no sólo de la aparición pública del Mesías allá en Palestina hace poco menos de dos mil años, sino que también nos habla de su segunda venida: “El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.
Clarísima alusión al fin del mundo, cuando Cristo separará a los buenos de los malos: unos irán al Cielo y otros al Infierno, al fuego que no se extingue.
En la segunda venida de Cristo, seremos resucitados: los buenos a una resurrección de gloria y los malos a una resurrección de condenación para toda la eternidad. Felicidad o infelicidad eternas.
Pensando en la primera venida de Cristo, cuando nació en la humildad de nuestro cuerpo mortal, recordemos también nuestra futura resurrección al final de los tiempos, de manera que ésta y todas las Navidades nos sirvan para aprovechar las gracias divinas que se derraman en recordatorio del nacimiento de Jesús en la tierra, para que esas gracias se traduzcan en gracias de gloria para su segunda venida, cuando nuestro cuerpo mortal será transformado en cuerpo glorioso en la resurrección del día final.
Es así como la Navidad o primera venida del Mesías continúa siendo un recordatorio y un anuncio de su segunda venida. Que la venida del Señor esta Navidad no sea inútil, de manera que la celebración de su primera venida nos ayude a prepararnos a su venida final en gloria, para ser contados como trigo y no como paja.
Oración y vigilancia es lo que nos pide el Señor: orar y actuar como si hoy -y todos los días- fueran el último día de nuestra vida terrena.
Lo importante no es saber el cómo. Lo importante no es saber el cuándo. Lo importante es estar siempre preparados. Lo importante es vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra.
(homilia.org)
sábado, 5 de diciembre de 2015
"QUE LO TORCIDO SE ENDERECE, LO ESCABROSO SE IGUALE. Y TODOS VERAN LA SALVACIÓN DE DIOS" - Reflexiones de Adviento: (Ciclo C)
Las lecturas de este segundo domingo de Adviento continúan el vaivén entre los hechos históricos y los cambios espirituales, entre la venida de Cristo hace mas de 2000 años y su segunda futura venida.
En la Primera Lectura del Profeta Baruc (Ba. 5, 1-9), encontramos la descripción de la ciudad de Jerusalén vacía y triste porque sus habitantes no están allí, sino en el exilio. Pero el Profetainvita a Jerusalén a alegrarse porque sus hijos desterrados volverán a la ciudad y serán conducidos del destierro a través del desierto por el mismo Dios.
Ahora bien, Jerusalén siempre es también símbolo de la Iglesia, que tiene muchos hijos también en exilio, fuera de sus muros, fuera de su influencia, alejados de ella. ¿Cómo se han exilado? Por el pecado, por la oposición a Dios y a sus leyes y designios. Y la Iglesia, la nueva Jerusalén, no deja de llamarnos a todos, especialmente en este tiempo de preparación que es el Adviento.
Y Dios prepara ese camino, como nos dice el Profeta Baruc, “abajando montañas y colinas, rellenando los valles hasta aplanar la tierra, para que Israel (el pueblo de Dios, su Iglesia) camine seguro bajo la gloria de Dios”. Además, “los bosques y los árboles fragantes le darán sombra por orden de Dios ... escoltándolo con su misericordia y su justicia.”
El Profeta anunciaba la preparación que Dios iba a hacer en el camino de regreso a través del desierto para que los desterrados pudieran volver a Jerusalén. Pero cuando San Juan Bautista, un siglo después de Baruc, comienza su predicación para preparar y anunciar la llegada del Mesías, retoma las palabras del Profeta y le da a las mismas un sentido espiritual.
En el Evangelio de hoy (Lc. 3, 1-6) San Lucas nos da al principio datos muy precisos de tiempo y lugar para ubicar con exactitud histórica al Bautista. También define a San Juan Bautista como “la voz que resuena en el desierto” anunciada por el Profeta Isaías (Is. 40, 3-5) quien también describe como Baruc el terreno que ha de aplanarse en el desierto.
O sea que San Juan Bautista, el Precursor, anunciador del Mesías, quien era su primo Jesús de Nazaret, utiliza las palabras de los Profetas antiguos para realizar su misión, la de “preparar” el camino del Señor:
“Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle sea rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados”.
Y ¿qué significa eso de enderezar, rellenar y rebajar y aplanar el terreno del desierto? ¿Qué obra de ingeniería vial es ésa, mediante la cual “todos los hombres verán la salvación de Dios”?
Es la obra de ingeniería divina que Dios realiza con su gracia en nuestras almas. Nuestras almas son un desierto irrigado por la gracia divina, un desierto irregular con picos y hondonadas; sinuoso, con curvas y recovecos; su superficie es áspera con huecos y salientes. Y el Señor tiene que uniformarlo, hacerlo recto en todas sus dimensiones a lo ancho y largo, a lo alto y profundo, de un lado a otro.
El Señor tiene que enderezar las curvas torcidas de nuestra mente, que busca sus propios caminos equivocados de racionalismo y engreimiento. El Señor tiene que rellenar las hendiduras de nuestras bajezas, cuando preferimos comprar lo que nos vende el Demonio, en vez de optar por la Voluntad de Dios. El Señor tiene que tumbar y rebajar las colinas y montañas de nuestro orgullo, cuando creemos que podemos ser como Dios, al pretender decidir por nosotros mismos lo que es bueno o malo; o cuando creemos poder cuestionar a Dios sus planes para nuestra vida, sin darnos cuenta que El -nuestro Creador y Padre- es quien sabe lo que nos conviene a cada uno. El Señor tiene que suavizar con su Amor la superficie de nuestra alma, para quitar la aspereza de nuestro egoísmo, cuando no sabemos amarlo ni a El ni a los demás, sino que nos amamos sólo a nosotros mismos.
¡Es toda una obra de Ingeniería Divina! Y es una obra de ingeniería que requiere nuestra colaboración. Es una obra de conversión, de purificar y cambiar lo que no está acorde con la Voluntad Divina. Esta conversión es especialmente importante en el Adviento, tiempo dedicado a este cambio interior. Pero no basta convertirnos en Adviento, en estas semanas anteriores a la Navidad. Es que nuestra vida tiene que ser un continuado Adviento que nos prepare a nuestro encuentro con Dios.
Y ese encuentro será cuando pasemos a la otra vida, o en el momento en que Cristo vuelva en gloria como Juez Supremo de toda la humanidad. Sea cual fuere la forma de nuestro encuentro con el Señor, es un encuentro ineludible, lo más seguro que tenemos, el cual nos puede llegar en cualquier momento, como bien lo anuncia el Señor: “llegará como el ladrón”, cuando menos lo pensemos. Para cualquiera de las dos eventualidades tenemos que estar preparados, muy bien preparados, con el desierto de nuestra alma bien irrigado de la gracia divina y bien allanado con los cambios que Dios haya querido hacer en ella.
Y ese encuentro deberá encontrarnos como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 1, 4-6.8-11): “limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús”.
El mismo San Pablo nos da la clave para estar bien preparados: “escoger siempre lo mejor”. Y lo mejor no puede ser lo que nos provoque, lo que nos guste, lo que deseemos. Lo mejor siempre será lo que Dios desee. El camino de santidad, de justicia -como usa el término San Pablo- consiste en ir haciendo que nuestro deseos vayan cambiándose por los deseos de Dios. No suelen coincidir los deseos divinos con los humanos y esto sucede cuando la voluntad no está iluminada por Dios, sino que está oscurecida por el mundo, por el demonio o por la carne.
Y no temamos, porque -como nos dice San Pablo- “Aquél que comenzó en ustedes su obra, la irá perfeccionando hasta el día de la venida de Cristo Jesús”.
En efecto, si nos dejamos llevar por la gracia divina, si dejamos a Dios hacer su obra de ingeniería y colaboramos, El que comenzó su obra de santificación en cada uno de nosotros, la llevará hasta su culminación cuando sea nuestro encuentro con El. Que así sea.
(homilia.org)
sábado, 28 de noviembre de 2015
"CUANDO EMPIECE A SUCEDER ESTO, LEVANTAOS, ALZAD LA CABEZA: SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN" - Reflexiones de Adviento: (Ciclo C)
Terminó el Ciclo Litúrgico “B” con la Fiesta de Cristo Rey, pero las lecturas de Adviento, al comienzo del Ciclo “C”, siguen en la misma tónica de los últimos domingos del Tiempo Ordinario. Parecería que las lecturas se estuvieran repitiendo. Y es que el Año Litúrgico comienza con la venida de Cristo y termina con la venida Cristo.
De allí que se le llame a Cristo el Alfa y la Omega, el principio y fin de todo. De allí que la Liturgia de Adviento, preparatoria de la Navidad, nos lleve constantemente de la primera venida de Cristo (Natividad=Navidad) a su segunda venida en gloria (Parusía).
“Yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra” (Jr. 33, 14-16). Es sólo una frase tomada de la Primera Lectura del Profeta Jeremías. Y en estas breves palabras, que, analizadas gramaticalmente forman una oración compuesta por una oración principal y por una complementaria, la principal nos habla de la venida histórica de Cristo y la complementaria nos habla de su segunda venida. Es una muestra -en una sola frase- del vaivén de la Liturgia de Adviento entre la primera y la segunda venida de Cristo.
La oración principal nos habla de “un vástago santo, proveniente del tronco de David”. Nos está hablando de Jesús descendiente de David que nacerá y -por supuesto será santo. La oración complementaria nos habla decuando ese descendiente de David venga a ejercer “la justicia y el derecho en la tierra”. Y esto no sucederá sino al fin de los tiempos cuando venga a establecer su reinado definitivo sobre la humanidad.
La salvación de la humanidad la obtuvo Cristo durante su vida en la tierra, más específicamente con su pasión, muerte y resurrección. Pero esa salvación se realizará sólo en aquéllos que aprovechen los méritos de Cristo, al responder con su sí a la Voluntad Divina.
Y esa salvación se realizará plenamente sólo al fin de los tiempos cuando, como nos dice el Evangelio de hoy (Lc. 21, 25-28.34-36) “verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad”.
En el final del Ciclo Litúrgico, de los pasados domingos, las lecturas nos invitaban a pensar en la segunda venida de Cristo en gloria. Las lecturas del Adviento nos invitan a prepararnos para esa venida.
En la Navidad -es cierto- celebramos la venida de Cristo en la historia, cuando comenzó su reinado.
Celebramos el cumpleaños de Jesús -y eso nos pone alegres y festivos. Por esa razón la Navidad es época de alegría y regocijo.
Pero esa primera venida de Cristo -como un niño, el Niño Jesús nacido en Belén de Judá- nos recuerda que su reino comenzó hace 2015 años, que ese Reino se va instaurando en cada corazón que cumple la Voluntad Divina, y que ese Reino se realizará plenamente cuando El mismo vuelva en la Parusía y ponga todas las cosas en su lugar.
De allí que nuestra vida -toda nuestra vida- debiera ser un continuo “adviento”, una continua preparación a la segunda venida de Cristo, que pudiera sorprendernos en cualquier momento, igual que pudiera sorprendernos en cualquier momento nuestra propia muerte. De ninguna de las dos cosas -ni de nuestra muerte ni de la segunda venida de Cristo- sabemos el día ni la hora. Por eso hay que estar siempre preparados.
Y ¿qué significa esa “preparación”? Podríamos resumirla en las palabras de San Francisco de Sales: “vivir cada día de nuestra vida como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra”.
Y ... ¿vivimos así? ... ¿O más bien evadimos pensar en esa realidad, tan cierta como segura, del final de nuestra existencia -porque muramos- o del final de los tiempos, -porque venga Cristo en la Parusía? ¿O tal vez pensamos que luego nos arreglaremos, que mientras tanto mejor es gozar y vivir como nos provoque?
¿Es esto “adviento”? ¿Es esto “preparación”? ¿Es que no sabemos lo que nos estamos jugando? Es nada menos que nuestro destino para toda la eternidad.
La Segunda Lectura San Pablo (1 Ts. 3, 12-4,2) hace eco de lo mismo: La futura venida de Cristo. Nos dice el Apóstol que desea “que el Señor conserve nuestros corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús en compañía de todos sus santos"
Y el Señor es claro: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento … permanezcan alerta”. (Mt. 13, 33-37) ¿Nos estamos preparando para eso?
¿Cómo prepararnos? En el Evangelio de hoy vemos que el Señor es claro el Señor también sobre cómo prepararnos: “Velen y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre”.
(Homilia.org)
sábado, 22 de agosto de 2015
RAZONES TEOLOGICAS DEL REINADO DE MARÍA: (S.S Pío XII, Enciclica Coeli Reginam - 1954)
La
razón por la que la Santísima Virgen María es Reina se fundamenta
teológicamente en su divina Maternidad y en su función de ser
Corredentora del género humano.
a) Por su divina Maternidad: Es el fundamento principal, pues la eleva a un grado altísimo de intimidad con el Padre celestial y la une a su divino Hijo, que es Rey universal por derecho propio.
En la Sagrada Escritura se dice del Hijo que la Virgen concebirá: "Hijo del Altísimo será llamado Y a El le dará el Señor Dios el trono de David su padre y en la casa de Jacob reinará eternamente y su reinado no tendrá fin" (Lc. 1,32-33). Y a María se le llama "Madre del Señor" (Lc. 1,43); de donde fácilmente se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo que era Rey y Señor de todas las cosas. Así, con razón, pudo escribir San Juan Damasceno: "Verdaderamente fue Señora de todas las criaturas cuando fue Madre del Creador" (cit. en la Enc. Ad coeli Reginam, de Pío XII, 11-X-1954).
b) Por ser Corredentora del género humano: La Virgen María, por voluntad expresa de Dios, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra Redención. Por ello, puede afirmarse que el género humano sujeto a la muerte por causa de una virgen (Eva), se salva también por medio de una Virgen (María). En consecuencia, así como Cristo es Rey por título de conquista, al precio de su Sangre, también María es Reina al precio de su Compasión dolorosa junto a la Cruz.
`Ta Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por razón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación. Así como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios sino también nuestro Redentor, con cierta analogía, se puede afirmar que María es Reina, no sólo por ser Madre de Dios sino también, como nueva Eva, porque fue asociada al nuevo Adán" (cfr. Pío XII, Enc, Ad coeli Reginam).
a) Por su divina Maternidad: Es el fundamento principal, pues la eleva a un grado altísimo de intimidad con el Padre celestial y la une a su divino Hijo, que es Rey universal por derecho propio.
En la Sagrada Escritura se dice del Hijo que la Virgen concebirá: "Hijo del Altísimo será llamado Y a El le dará el Señor Dios el trono de David su padre y en la casa de Jacob reinará eternamente y su reinado no tendrá fin" (Lc. 1,32-33). Y a María se le llama "Madre del Señor" (Lc. 1,43); de donde fácilmente se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo que era Rey y Señor de todas las cosas. Así, con razón, pudo escribir San Juan Damasceno: "Verdaderamente fue Señora de todas las criaturas cuando fue Madre del Creador" (cit. en la Enc. Ad coeli Reginam, de Pío XII, 11-X-1954).
b) Por ser Corredentora del género humano: La Virgen María, por voluntad expresa de Dios, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra Redención. Por ello, puede afirmarse que el género humano sujeto a la muerte por causa de una virgen (Eva), se salva también por medio de una Virgen (María). En consecuencia, así como Cristo es Rey por título de conquista, al precio de su Sangre, también María es Reina al precio de su Compasión dolorosa junto a la Cruz.
`Ta Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por razón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación. Así como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios sino también nuestro Redentor, con cierta analogía, se puede afirmar que María es Reina, no sólo por ser Madre de Dios sino también, como nueva Eva, porque fue asociada al nuevo Adán" (cfr. Pío XII, Enc, Ad coeli Reginam).
lunes, 6 de julio de 2015
CATORCE FLORES DE PERDÓN, La Conversión de Alejandro Serenelli, Asesino de Santa María Goretti
![]() |
| Cuadro que reproduce el sueño de Alejandro. |
| "Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen" (S. Mateo 5:44) |
Alejandro fue condenado a 30 años de prisión. Al principio renegaba y no daba muchas muestras de arrepentimiento.
Más
bien lo que sentía era rabia y desilusión por haber cometido semejante
error que tantas penas le costaba. Pero en 1910 tuvo un sueño.
Vio que
se encontraba con María Goretti en un bellísimo jardín, donde ella
estaba cultivando hermosas rosas, y que la niña le decía que él también
podría ir un día al Paraíso. Esto le transformó por completo. Se
confesó. Empezó a comportarse sumamente bien en la cárcel y a ofrecer
sus oficios y sus sufrimientos por sus pecados, y al fin las autoridades
le rebajaron la décima parte de su condena por buena conducta y salió
libre, después de 27 años de cárcel.
En
la noche de Navidad del año 1929, la señora Asunta, mamá de María, que
estaba de sirvienta en una casa cural, sintió que tocaban a la puerta.
Salió a abrir, y era Alejandro.
-Señora, ¿me conoce? y bajó los ojos.
-Sí, Alejandro, lo recuerdo muy bien.
-¿Me perdona? suplicó el pobre hombre, que llevaba en su rostro las huellas de 27 años sufriendo en la cárcel.
-Sí Alejandro. Dios lo ha perdonado. Mi hija también lo perdonó. ¿Cómo no lo voy a perdonar yo?
Aquella
noche la pasó en la casa del párroco. Y a la misa de medianoche, se
acercaron a comulgar juntos, la madre de la santa y el asesino de la
mártir.
En
adelante la señora Goretti nunca permitió que la gente tratara mal a
Serenelli. Cuando las gentes se extrañaban de que lo tratara bien, ella
respondía:
Está
tan arrepentido. Mi hijita María lo perdonó, ¿porqué entonces no lo voy
a perdonar yo? Es cierto que ha cometido un pecado enorme, pero Dios ha
sabido sacar mucho bien de tanto mal.
Alejandro
terminó sus días como hortelano en un convento de los Padres
Capuchinos, arrepentido y haciendo penitencia por sus pecados.
Testamento de Alejandro Serenelli:
"Soy un anciano de casi ochenta años y estoy listo para partir.
Echando una ojeada a mi pasado, reconozco que en mi primera juventud
escogí el mal camino, el camino del mal que me llevó a la ruina. Veía a
través de la prensa, los espectáculos y los malos ejemplos que la mayoría de los jóvenes siguen ese mal camino, sin reflexionar. Y yo hice lo mismo sin preocuparme por nada.
Tenía cerca de mí a personas que creían y vivían su fe, pero no me
fijaba enesto, cegado por una fuerza salvaje que me arrastraba hacia el
mal camino. Cuando tenía veinte años, cometí un crimen pasional, del
cual hoy me horrorizo con sólo recordarlo. María Goretti, ahora una
santa, fue el ángel bueno que la Providencia puso ante mis pasos.Todavía
tengo impresas en mi corazón sus palabras de reproche y de perdón. Ella
rezó por mí, intercedió por mí, su asesino.
Luego vinieron 30 años de cárcel. Si no hubiese sido menor de edad, habría sido condenado a cadena perpetua. Acepté la sentencia que merecía, expié con resignación mi culpa. María [Goretti] fue realmente mi luz y mi protectora; con su ayuda, me porté bien y traté de vivir honestamente cuando fui aceptado nuevamente entre los miembros de la sociedad. Los hijos de San Francisco, los capuchinos de le Marche, me recibieron en su monasterio con su angélica caridad, no como a un sirviente sino como a un hermano. Con ellos convivo desde 1936.
Ahora estoy esperando serenamente ser admitido a la visión de Dios, abrazar de nuevo a mis seres queridos, estar junto a mi ángel protector y a su querida madre, Assunta. Desearía que quienes lean estas líneas aprendan la estupenda enseñanza de evitar el mal y de seguir siempre el buen camino, desde la niñez. Piensen que la Religión, con sus mandatos, no es algo que pueda dejarse de lado, sino el verdadero consuelo, la única vía segura en todas las circunstancias, también en las más dolorosas de la vida. ¡Paz y bien!"
Alessandro Serenelli, 5 de mayo de 1961.
Luego vinieron 30 años de cárcel. Si no hubiese sido menor de edad, habría sido condenado a cadena perpetua. Acepté la sentencia que merecía, expié con resignación mi culpa. María [Goretti] fue realmente mi luz y mi protectora; con su ayuda, me porté bien y traté de vivir honestamente cuando fui aceptado nuevamente entre los miembros de la sociedad. Los hijos de San Francisco, los capuchinos de le Marche, me recibieron en su monasterio con su angélica caridad, no como a un sirviente sino como a un hermano. Con ellos convivo desde 1936.
Ahora estoy esperando serenamente ser admitido a la visión de Dios, abrazar de nuevo a mis seres queridos, estar junto a mi ángel protector y a su querida madre, Assunta. Desearía que quienes lean estas líneas aprendan la estupenda enseñanza de evitar el mal y de seguir siempre el buen camino, desde la niñez. Piensen que la Religión, con sus mandatos, no es algo que pueda dejarse de lado, sino el verdadero consuelo, la única vía segura en todas las circunstancias, también en las más dolorosas de la vida. ¡Paz y bien!"
Alessandro Serenelli, 5 de mayo de 1961.
![]() |
| Estatua yacente de Santa María Goretti junto al relicario que guarda el hueso del brazo con que ella defendio su pureza de Alejandro. Santuario de Corinaldo, Ancona (Italia) |
miércoles, 13 de mayo de 2015
LA VIRGEN DE FÁTIMA Y EL ISLAM: (Venerable Fulton J. Sheen - 1952)
María, la madre de Dios.
El Corán, que es la
Biblia de los Musulmanes, contiene muchos pasajes concernientes a La
Santísima Virgen. Primero, Corán cree en Su Inmaculada
Concepción, también en su parto virginal. El Tercer capítulo del
Corán coloca la historia de la familia de María en una genealogía que
se remonta a Abraham, Noé y Adán. Cuando se comparan los relatos
del Corán y del evangelio apócrifo sobre el nacimiento de María, somos
tentados a creer que Mahoma dependía mucho de este
último. Los dos libros describen la avanzada edad y esterilidad de la
madre de María. Cuando, a pesar de todo, concibe, la madre de María
proclama, según el Corán: "Oh Señor, te ofrezco y consagro
a ti lo que ya está en mi. Acéptalo de mí".
Cuando nace María su
madre exclama: "¡y yo te la consagro con toda su
descendencia bajo
tu
protección, Oh Dios, contra Satanás!".
El Corán pasa por
alto a José en la vida de María, pero la tradición musulmana conoce
su nombre y tiene algo de familiaridad con él. En esta
tradición José habla con María, quien es virgen. Al
preguntarle como fue que ella concibió a Jesús sin padre, María le contesta:
"¿No sabes tú que Dios, cuando creó el trigo no necesitó semilla, y que
Dios, por Su poder, hizo crecer los árboles sin ayuda de la
lluvia? Todo lo que Dios hizo fue decir "Hágase", y se hizo".
El Corán también
contiene versos sobre La Anunciación, la Visitación y el Nacimiento.
Contiene pinturas de Angeles acompañando a La Santa Madre y diciendo:
"Oh María, Dios te escogió y purificó, y te eligió sobre todas las
mujeres de la tierra".
En el décimo-noveno
capítulo del Corán, existen 41 versos sobre Jesús y María. Hay tal
defensa a la virginidad de María aquí, que el Corán, en su cuarto libro,
atribuye la condenación de los judíos a la monstruosa calumnia de
ellos contra la Virgen María.
Esto nos lleva a nuestro
segundo punto: ¿Por que la Santa Madre, en el siglo 20, se reveló en la
pequeña aldea de Fátima, para que todas las futuras generaciones la
conocieran como "Nuestra Señora de Fátima"?. Ya que nada sucede desde el
cielo si no es con la mayor fineza de detalle. Creo que la Santísima
Virgen escogió ser conocida como "Nuestras Señora de Fátima", como
promesa y signo de esperanza para el pueblo musulmán, y como
asegurándoles que ellos, que le manifiestan tanto respeto, un día
aceptarán también a su Divino Hijo.
Evidencia para respaldar estas opiniones se encuentra en el hecho histórico de que los musulmanes ocuparon Portugal durante siglos. Cuando al fin los echaron fuera, el último jefe musulmán tenía una hermosa hija llamada Fátima. Un joven católico se enamoró de ella y por él, ella no solo se quedó cuando se retiraron los musulmanes, sino que también abrazó la Fe. El joven esposo estaba tan enamorado de ella que le cambió el nombre al pueblo donde vivía por el de Fátima. Por lo tanto, el lugar donde la Virgen apareció en 1917 tiene una conexión histórica con Fátima, la hija de Mahoma (y con la conversión de los musulmanes)
La última prueba de la relación de Fátima y los musulmanes es la entusiástica recepción que los musulmanes en Africa, la India y otros lugares le dieron a la estatua peregrina de Nuestra Señora de Fátima. Los Musulmanes asistieron a servicios de la Iglesia en honor a Nuestra Señora y permitieron procesiones religiosas, y hasta oraciones frente a sus Mezquitas. En Mozambique, los musulmanes que no se convirtieron comenzaron a ser cristianos después que la imagen de Nuestra Señora de Fátima fue erigida.
Evidencia para respaldar estas opiniones se encuentra en el hecho histórico de que los musulmanes ocuparon Portugal durante siglos. Cuando al fin los echaron fuera, el último jefe musulmán tenía una hermosa hija llamada Fátima. Un joven católico se enamoró de ella y por él, ella no solo se quedó cuando se retiraron los musulmanes, sino que también abrazó la Fe. El joven esposo estaba tan enamorado de ella que le cambió el nombre al pueblo donde vivía por el de Fátima. Por lo tanto, el lugar donde la Virgen apareció en 1917 tiene una conexión histórica con Fátima, la hija de Mahoma (y con la conversión de los musulmanes)
La última prueba de la relación de Fátima y los musulmanes es la entusiástica recepción que los musulmanes en Africa, la India y otros lugares le dieron a la estatua peregrina de Nuestra Señora de Fátima. Los Musulmanes asistieron a servicios de la Iglesia en honor a Nuestra Señora y permitieron procesiones religiosas, y hasta oraciones frente a sus Mezquitas. En Mozambique, los musulmanes que no se convirtieron comenzaron a ser cristianos después que la imagen de Nuestra Señora de Fátima fue erigida.
Misión Estratégica.
Los misioneros del futuro van, cada vez mas,
a ver que su apostolado entre los musulmanes será exitoso en la medida en que
proclamen a Nuestra Señora de Fátima; María es el adviento de Cristo,
que trae Cristo al pueblo antes de que Cristo naciese. En el
trabajo
apologético, es
siempre mejor comenzar con lo que la gente ya acepta. Ya que los
musulmanes tienen devoción a la Virgen, nuestros misioneros deberán sentirse satisfechos
con el solo hecho de aumentar y desarrollar esa devoción con la plena
realización de que Nuestra Señora llevará a los musulmanes el resto
del camino hasta su divino Hijo... Igual que aquellos que
pierden la devoción a la Virgen pierden la fe en la divinidad de
Cristo, aquellos que intensifican la devoción a ella, gradualmente
adquieren fe en la divinidad de Cristo.
Muchos de nuestros
grandes misioneros en Africa han logrado quebrantar el odio amargo y
los prejuicios de los musulmanes para con los cristianos por medio de
sus actos de caridad, escuelas y hospitales. Ahora nos queda tomar
otro camino: Tomar el capítulo 41 del Corán
y demostrarles que fueron sacados del Evangelio de Lucas, que
María no podría ser, aún para ellos "La Mas Bendita entre todas
las mujeres del cielo, si no hubiera también dado a luz al
Salvador del mundo. Si Judit y Ester, del Antiguo Testamento,
prefiguraban a María, entonces podría ser que Fátima era una figura
posterior de María. Los musulmanes
deberán de estar preparados para reconocer que, si Fátima cede paso en honor a
La Santísima Madre, es porque ella es diferente a todas las madres del
mundo, y que sin Cristo, ella nada sería.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











