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miércoles, 4 de abril de 2018

Delirio de amor - Pascua con Santa Laura Montoya


¿Que es la Pascua si no los días gozosos en los que cantamos en victoria todos los cristianos? ¿Hay días más luminosos que cuando caminamos por el mundo testimoniando a Cristo resucitado, vencedor de la muerte y el pecado?  

Contemplando esta maravillosa verdad de nuestra fe nos podemos preguntar ¿Cómo vivían los santos el gozo de la Pascua del Señor? ¿No son los santos los grandes amigos de Jesús, los apóstoles que sin necesidad de ver al Señor resucitado la tarde del domingo de pascua lo predicaban con la misma intensidad y fe que aquellos que lo vieron?
Pues para iluminarnos en esta experiencia; Laura Montoya, la primera santa colombiana, abre la intimidad de su corazón, como una Magdalena de otros tiempos, para dar testimonio del encuentro con Jesús resucitado.

"Después de la Semana Santa de 1896, pasada en el campo, en completa soledad, comencé a sentir que ése, como fuego tan amargo, turbaba un poco mi razón. Me figuro así como la de los beodos a quienes el licor pone locos sin que se den cuenta. El sábado santo, después de aquellos días de recogimiento y meditación en un campo solitario y entre selvas que se llama la Amalia, salí a Fredonia y al día siguiente mi alma se desbordaba con los gozos de la resurrección, pero me había manejado bien en la comunión, pues había podido contenerme.
 
Estaba en la casa, cuando oí la música que anunciaba la procesión; me asomé a la puerta y al ver de lejos la imagen del Señor Resucitado ya no supe más de mí. ¡Ay! padre, cuánta vergüenza me da referir estas locuras, que sólo Jesús no más, debe conocer y que revelan yo no sé qué incontinencia del corazón y no sé qué más. Con el traje que tenía en la casa, sin mantilla y sin oír a los que me llamaban, salí a la carrera, me atravesé cantando recio toda la plaza en diagonal, para llegarme a la esquina por donde asomaba la procesión. Le canté esta estrofa:
 
¡Qué hermoso vuelves! ¿no ha sido un sueño
aquel horrible, sangriento leño,
aquellas horas de cruel dolor?
Yo era la causa de tu agonía,
y al contemplarla me consumía
remordimiento desgarrador.
 
Los duros hierros que te clavaron,
también el alma me atravesaban
también partían mi corazón;
también mis huesos se estremecieron
cuando los tuyos se desunieron,
con horrorosa dislocación.
 
Cuando llegué aquí me inundé en lágrimas y compadecida, una amiga, me tiró fuertemente de un brazo. Entonces advertí el corro que me hacían algunas señoras y mujercitas del campo y vi la manera como me había salido y supe que había cantado. ¡Dios mío! hubiera querido que la tierra me tragara, ¡que vergüenza y qué pecado me parecía esto!

La amiga que me contuvo me tranquilizaba dándome bromas con la cosa; pero yo no hubiera querido volver a recordar aquello, no por lo ridículo que aquello fue, sino por que se impusieran de mi interior. El amor, reverendo padre, tiene pudor y no le gusta que lo vean desnudo. ¿No es verdad? No fue ésta la única vez que fui vencida; pero las otras veces no tuve testigos o lo eran las discípulas de mucha confianza o una de mis compañeras de profesión que era como una hija. Sólo decían que cuando hablaba de Dios me enloquecía y respetaban la cosa. En estos casos es cuando una celda escondida hace falta." 
 
(Santa Laura Montoya - Autobiografia, Cap IX)

domingo, 7 de junio de 2015

EL GOLPE DEL BANCO - Santa Laura Montoya


Ya hemos visto el primer episodio místico de nuestra santa, en aquel hormiguero donde sintió a Dios, ahora es una grandísima revelación sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía lo que la inflama de ardor por este hondisímo misterio. Ocurre cuando ella tenía un poco mas de 12 años, en 1886.

Ella nos relata:

"En este mismo año hizo Dios con mi fe en la Eucaristía, algo así raro que la afirmó, o no sé qué. ¿Diré que me dio un gusto, un tope, un sabor, una impresión de ella? No lo sé. Sólo puedo decir que sentí algo como del cielo.

Hacía ya mucho tiempo que, cuando estaba en sitio conveniente, comulgaba todos los días, aunque en aquella época se necesitaba el permiso del confesor y la cosa no era tan común como es hoy. Ordinariamente sentía afán por comulgar; me hacía falta no hacerlo, gustaba de estar delante del sagrario, pero todo esto era como por fe seca, perdóneme esta palabra, no tengo otra; como fría, como mediana, en fin, como no experimental; otra que no sé si será atrevida. En todo caso, después de lo que voy a referir, si es que esas cosas tienen términos suficientemente expresivos en las lenguas humanas, pues todas las palabras que encuentro rebajan el concepto. Después de esto, repito, la Sagrada Eucaristía fue para mí como otra cosa muy distinta. Fue como si hubiera vivido con un velo medio transparente y de pronto me lo hubieran descorrido a plena luz.

Hacía un oficio en compañía de mi madre, en un corredor de la casa. Por cualquier circunstancia, ella se entró para volver y me quedé sola en el corredor; sin pensar, sino en ofrecer mi trabajo, como de costumbre. Sin duda, Dios en respuesta de mi ofrecimiento, me infundió un vehemente deseo de comulgar. Hice la comunión espiritual y no sé decir más. Como electrizada, como si no sintiera lo que alrededor pasaba, como si tuviera un dolor soberano, con una mezcla de amor extraordinario, como si la santa Eucaristía pasara mi alma de parte a parte, me bañé en lágrimas sin sentirlo. Me parecía, además, como que comprendía cómo Jesús está en la hostia y cómo el Verbo Divino está en Jesús. Claro que era algo como tan superior a mi ser que como que me agobiaba, como que no podía con él. En fin, no ensayo decir más, porque acabo de desfigurar la idea, que tampoco es idea.


Bañada en lágrimas me encontró mi madre y me creyó enferma. Gracias a esto, fui excusada de continuar en el oficio y pude retirarme hasta que estuve completamente serena. Aquello pasó como pasa siempre Dios, dejando las huellas de su presencia, con amor doloroso. Quedé como dueña de ese divino misterio. Ya era mío. ¡Cosa rara! Me sentía como iluminada, como en posesión de él, como encendida, como en un sentimiento muy intenso e indefinible de la santa Eucaristía. ¿Quién sabrá decir lo que esto es? ¡Dios mío! ¿Sería tu primer encuentro eucarístico con mi alma, como el del hormiguero había sido el primer golpe de tu divinidad con ella?


Como yo estaba en un banco de la carpintería, siempre he llamado a esto el golpe del banco. Un golpe de Dios; mire padre, qué nombres más raros encuentro: Dios me los entiende a la maravilla y con eso tengo; como jamás creí tener que expresarlos a nadie, no me he cuidado de buscar palabras. Dios y yo nos entendemos y nada más se necesita. Naturalmente que ahora al cumplir tan dura obediencia como ésta, que si Dios no fuera servido en ella, por nada de este mundo la cumpliría, se me ocurre que puedo decir hasta herejías y que vuestra reverencia va a tener que componer mucho."


Pensamientos Eucarísticos de Santa Laura Montoya:

 ¿Qué es la Eucaristía? Es el Dios de mi corazón y el Corazón de mi Dios.

 ¡Salve, oh Eucaristía! Libro amable, resumen de celestiales enseñanzas.

 La Santa Eucaristía es la proyección de un amor sin medida.


¡Oh Santa Eucaristía, fruto del amor eterno, eres mi cielo, guardas mi dicha eterna!

 El fuego es para que arda. Si tenemos en la Eucaristía la brasa, acerquémonos a ella para que nuestro corazón se encienda.

Me parece más ventajoso comulgar porque Jesús desea que lo recibamos, que porque nosotros deseamos recibirlo.